sábado, 29 de marzo de 2014

el día que merendé


(aviso a los lectores: lo que van a leer continuación no es apto para almas delicadas pero me veo obligado a comentarlo, esos fueron los hechos y no por esconder la realidad va a dejar de exitir)


hubo una vez en la que me llevaron a tomar un té, no habían pasado cinco minutos y tuve que salir a fumar del mareo. de eso hace tiempo. hace unos días empezó la primavera, motivo por el que decidí comprar fruticas y preparar un esmuzi antes de salir hacia el retiro para pasear a mi perrito (y no por ello enemigo) charlie j. fibra, vida sana y demás zarandajas. eso hice. recién había pasado el palacio de cristal, momento en el que viro la trayectoria para enfilar la vuelta, noté una rotura intestinal anunciada por un sobrecogedor sonido de líquidos en movimiento. no habían pasado ni tres minutos cuando las señales indicaban que no era una rotura cualquiera. tampoco ayudó el cambio de la temperatura una vez que el sol desapareció. "de peores hemos salido" pensé mayestáticamente. salir del retiro se antojó una tarea más o menos factible aunque no por ello sencilla. una vez retorné a la ciudad la situación empeoró. cómo llegar a recoletos así cuando me parece imposible rodear la plaza de la independencia. las cañerías ya habían reventado. el calor producto de la preocupación mezclado con el sudor frío empañaba mis gafas de la misma manera que la angustia ante la incertidumbre (llegaré?) recorría mi pensamiento. y, si no llego? "vamos charlie, vamos" eran las únicas palabras que encadenaba tratando de hacer ver a mi perrito que estábamos ante una situación de verdadera emergencia. no había cruzado recoletos y mi esfínter pedía papas. nunca se había visto sujeto a semejante presión. si aceleraba el paso el bamboleo hacía imposible retener la presión; si frenaba el ritmo, nunca llegaría a mi objetivo. eliminadas todas las demás posibilidades ("me permite usar su WC mientras me sujeta al perro?" "entre dos coches?") no había otra opción. llegar a mi casa. nunca tuve una convicción más poderosa. "voy a llegar". y llegué no sin antes hacer varias paradas temblando o saludar "estás bien?" "no, me cago". tras múltiples amagos de cruzar la línea roja, llegué. llegué a mi casa que no a mi tacita. abrir la puerta y el esfínter pedir papas fue todo una. sentir litros (o kilos que yo ya no sabía nada) de puré descendiendo entre la pantorrilla y los vaqueros, camino de los tobillos, fue todo una new sensation. reaccioné rápido. a la terraza, contención de daños o sea. allí desnudarse cual bigfoot y tratar de alcanzar la ducha cubierto mi tronco inferior de puré de manzana. pena no haber pensado que mis nuevos vecinos podrían estar apoyados en la terraza disfrutando las vistas de su nuevo nido de amor.

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