jueves, 3 de marzo de 2011

1, 2 y 3..escondite inglés


Un mes sin pasarme por aquí, mis disculpas a los cuatro que lo hacéis pero no hay mucho que contar. Todo sigue igual. Hace frío, anochece pronto, me siguen faltando dos millones de euros y tres miopías, la crítica de la razón pura de Kant continua pareciendo un cuento de niños al lado de una buena resaca, el madriz parece que otra vez segundón y sigo sin ser capaz de volar, o en su defecto, tener el don de la invisibilidad. O sea, cero grados, ni frío ni calor. Suma que Charlie, mi perro, aún no ha pronunciado sus primeras palabras ("papá") y ya va a cumplir tres años. Preocupado por el retraso lo llevé al logopeda quien a su vez me envió a mi al cotolengo. Allí fui atendido por una enfermera cincuentona con aspecto de rubia gallega uberuterina que me acompañó al despacho del Doctor Bacterio. "Desayune pomelo y coma tofu; aléjese de la TV y no lea periódicos ni se masturbe antes del mediodía. Su trisomía es un resfriado comparado con el aluvión de trastornados que recibimos este mes, no disponemos de habitación para usted. Si en quince días no mejora, vuelva a consulta".

Antes de irme, Ofelia, la enfermera, tuvo a bien acompañarme a visitar el cotolengo. Los pacientes estaban recluidos en distintos pabellones dependiendo de sus síntomas. El primero que visité era el de los crispados, el más concurrido de todos. En su interior alrededor de medio millar de pacientes enganchados a las tertulias políticas, esos que envían esemeses al Gato al Agua, llaman a la radio o escriben cartas a El País quejándose por todo y dando soluciones para nada. El pabellón parecía un gallinero con todos esos hombres cercanos a la jubilación (apenas había mujeres) hablando al mismo tiempo y moviendo brazos arriba y abajo. Un mes sin política, algo de marijuana y curados, comentó Ofelia.

Otro pabellón bastante concurrido era el de los afectados por Lady Gaga, ocupado por un centenar de locazas aquejadas del síndrome nosinmicoreografía. Sus amigos, hartos de que el ir a tomar unas cañas acabase convertido en un remake cañí de Fama, decidieron encerrarlos y evitar esa sensación de vergüenza ajena perenne. Según Ofelia sólo existe una solución para su problema, un par de guantazos bien dados. Desgraciadamente hoy están mal vistas las teorías mecanicistas (acción-reacción) por lo que no hay más remedio que dejarles a su aire jugando a ser Madonna.

Como Ofelia iba apurada sólo me enseñó uno más, un pabellón doble, la puerta de la derecha daba acceso a los yonkies de la igual-dá; la puerta de la izquierda a los afectados del síndrome Vigalondo. Era el pabellón con mayor crecimiento el último año. Los yonkies y yonkias de la igual-da estaban afectados y afectadas por el síndrome del macarthismo de lo políticamente correcto, personas y personos que dedican su vida a la caza de brujas y brujos, o sea, a la persecución de todos los comportamientos considerados por ellos o ellas como discriminatorios. Como tienen al lenguaje como creador de realidades y no como una simple herramienta descriptiva tratan de imponernos a todos y todas una lengua neutra para lograr así la igualdad. Escucharlos y escucharlas produce una sensación de eco y pereza como ustedes y ustedas pueden comprobar. Salí rápido mientras Ofelia me explicaba que la mayoría eran políticos y periodistas y la única solución para sus problemas era devolverlos al parvulario. En la puerta contigua estaban los ingresados con el síndrome Vigalondo, gente que en algún momento de su vida habían dicho algo políticamente incorrecto y habían sido apedreados en el foro público. Eran trasladados hasta ese pabellón hasta que la jauría humana se olvidase de ellos. La mayoría estaban en observación por hacer chistes sobre judíos, gitanos, homosexuales y cojos. Hasta vi un negro recluido por decir que su piel era negra. Justo al irme ingresaban a John Galliano por decir, balbucear medio pedo en un bar, no es que haya escrito un ensayo sobre los beneficios de las cámaras de gas, que ama a Hitler y llamar feas a dos chicas en la mesa contigua del bar en el que estaba. Según Ofelia, de todos los ingresados éstos son los que tenían una cura más sencilla, unos capítulos de Autopista hacia el cielo, dos vivas a Michael Landon y Ned Flanders y de sus bocas no brotará más que un caramba carambita carambiruá.

Dejé el cotolengo feliz como una regaliz tras comprobar que lo mío era leve y que los locos (siempre) son los demás. Al llegar a casa Charlie, mi perro, me dijo, con un cigarro en la boca “papá, piro con el gato de Cheshire”.

4 comentarios:

  1. Jo! me encanta como escribes... lo de "la crítica de la razón pura de Kant continua pareciendo un cuento de niños al lado de una buena resaca" es genial! Tus escritos son tan delirantes... y tan acertados...

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  2. Yo también quiero pirar con el gato de Cheshire...

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