martes, 2 de noviembre de 2010

huesos de santo


Einsten dijo que hay dos cosas infinitas, el universo y la idiotez humana aunque de la primera no estaba seguro. Si eso añadiría el estómago de mi padre, claro que no compartieron mantel, de lo contrario es posible que el científico hubiese fallecido por reventón estomacal antes de elaborar su teoría de la relatividad. Un fin de semana en su compañía evidencia que la generación de la postguerra venía con el hambre de fábrica, si no a cuento de que, a punto de cumplir los setenta, se va a zampar centollas, cigalas, chuletones, postres y todo bien regado de vino y gintonics como si no hubiese mañana (qué voy a hacer si no, se pregunta tan contento). Hoy lunes, después de tres días de homenaje gastronómico en mi caso (de normalidad absoluta en el suyo) y con mis padres de vuelta a su casa, alucino aún abotargado. Lady Mirinda sigue en estado de shock, ingenua se pensaba que Triqui, el monstruo de las galletas, no existe.

Ése ha sido mi fin de semana, primero masticar y luego rumiar. En medio tuve tiempo de ver que continúa la polémica de Sánchez Dragó y sus escarceos con lolitas. A mí ni me va ni me viene, allá él con su organismo. Lo que no acabo de pillar es que si la ley dice que a partir de los catorce todo el monte es orégano, si en el cole les regalan condones con el mapa del clítoris y a los dieciséis pueden abortar sin permiso de sus papis no entiendo bien a qué tanta algarabía y cinismo con el tema. Bueno, sí lo comprendo, un poco al morbo que produce en una sociedad tan mojigata y otro mucho al sectarismo en los medios de comunicación. Aquellos que condenaban a Polanski (los más conservadores) son los que ahora defienden a Dragó. Por contra, aquellos a los que el affaire de Polanski les parecía sacado de quicio (los más progres como Wyoming o El País) son los que ahora piden que se le corte la cabeza (el rabo en este caso) al escritor español. La coherencia no tiene mucha demanda por aquí, nos va más la prostitución intelectual.

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