lunes, 19 de abril de 2010

Bebé a bordo

Dolor de cabeza, nauseas, visión borrosa, taquicardia, sudores fríos, temblores, mareo y de postre sensación de irrealidad. Yes. Resaca. Del ocho coma cinco, escala beoda. A partir de los treinta las resacas duran dos días. También a partir de los treinta uno debería aprender a controlar los impulsos autodestructivos. No es el caso y la cosa es que es lunes. De lo acontecido el sábado no sé/no contesto, mi memoria se encargó de formatearlo. Del domingo recuerdo dormitar en un aeropuerto, un avión cancelado y a una señora dicharachera en el asiento contiguo preocupada al ver como mi mano merodeaba la bolsa de papel que tan gentilmente las compañías ceden para que los mareados puedan vomitar. Felizmente no fue el caso y esta amable señora no se vio salpicada más que por la preocupación. Uno no es partidario de viajar en avión ni siquiera en plenitud de condiciones físicas. Las razones múltiples y, como los lacasitos, de todos los colores. Una de ellas evitar ver a un azafato señalando las puertas de emergencia en ese ridículo ritual previo al despegue. O esa cola que se monta al embarcar, no acabo de comprender el placer de hacer el indio, aunque sea en fila. Si además tocan turbulencias no puedo evitar pensar en lo ridículo de morir así, amarrado a un sillón con dos desconocidos gritando a mi vera. Qué decir de los aplausos al aterrizar interrumpidos a su vez por ese momento en que todos los de a bordo deciden encender el móvil y torturar a los demás con las musiquita del saludo inicial y esa trascendente conversación que se inicia a continuación “Sí, sí, ya he llegado, hace buen tiempo aquí”. Eso sí, mientras abren la puerta todos en pie, bien apretujaditos y empujándose no vaya a ser que vaya a despegar de nuevo con ellos dentro. Cosa que debería ocurrir y con destino al cotolengo más cercano.

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