martes, 12 de enero de 2010

La larga marcha

Los Reyes me han dejado un cojín (muy chulo eso si, con la Union Jack), una botella de Hendrick’s, una bonita corbata de tergal (pena que no las use) y una camiseta que me va grande, aunque no por mucho tiempo. Si continuo en esta progresión en junio rozaré los cien kilos y ya podré lucirla ufano y orondo. Como ésa no es mi intención me impuse como propósito para el 2010 anotarme en un gimnasio para desentumecer el cuerpo y desahogar un par de agujeros la hebilla del cinturón. No han pasado ni dos semanas y el propósito de inscribirme en el gimnasio ya lo he pospuesto para el 2011. Digo apuntarme, acudir de forma habitual mejor en el 2012 en el caso de que no se acabe el mundo por entonces tal y como profetiza el calendario maya. No estoy genéticamente programado para ir al gym de la misma manera que no lo estoy para la física cuántica. Hace ya una década que tuve mi primer y único contacto con un gimnasio, estaba matriculado en la universidad, sólo tenía tiempo libre y mis dos compañeros de piso se apuntaron. Por no hacerles un feo me puse los pololos y me fui con ellos a mantenimiento (¿?). Después de media hora torturado por una máquina de abdominales decidí, exhausto y dolorido, que sería mi último día en el gimnasio y me fui a la piscina mientras escuchaba de fondo al monitor comentar que con mi poca propensión al esfuerzo no tenía mucho sentido gastar el dinero allí. Tenía razón en que era una perdida de tiempo y dinero ir al gimnasio, se equivocaba en lo del esfuerzo. Si fuera jugar al fútbol, tenis o cualquier otro deporte con pelota, incluso ping pong, se daría cuenta de mi disposición total a sudar hasta el final. La diferencia está en que cualquier deporte con pelota es divertido, sin pelota sólo es ejercicio; al gimnasio se va, al fútbol se juega. Hay otra razón de mi aversión a los gimnasios y es el compartir sudores con desconocidos, no acabo de verme sobre una cinta de correr mientras a mi derecha e izquierda otros dos bípedos trotan con cara de darlo todo. Me entraría la risa.

Lo que no me da la risa son los tres próximos meses: frío, lluvia, oscuridad sin vacaciones ni festivos hasta Semana Santa. Un panorama desalentador. Hasta la navidad está bien el invierno, el resto sobra. A ver si hay suerte con el calentamiento global y en unos años tenemos el clima de Puerto Rico. Mientras no se derrita el Polo Norte toca abrigarse para ir a trabajar, que eso no cambia haga frío, calor o cero grados. También sigue igual el ambiente en mi trabajo, esta mañana he pasado dos horas reunido con el Director Financiero. Asunto: el cultivo del garbanzo en Cuenca. No sé si este buen hombre me toma por inútil, le caigo bien o perdió un tornillo en algún momento. Lo que sé es que cada vez que alguien entra en su despacho sólo se escuchan gritos acompasados por golpes en la mesa. En cambio, cuando me toca visitar su despacho en calidad de Responsable de RRHH (¿?) no han pasado dos minutos y se pierde en plácidos monólogos sobre Bartolo, su profesor hace 40 años en los salesianos pasando por lo vaga pero buena cocinera que es su asistenta ecuatoriana Ivis Kellyn hasta desembocar en la imposibilidad de ser bien atendido en el Hipercor de Campo de las Naciones, sección bricolage. Por mi perfecto, mientras me sigan pagando como si me cuenta la reproducción de los cefalópodos en el estrecho de Bering.

1 comentario:

  1. Me gusta tu blog. Y también el de Charlie. Sugierele, de mi parte, que se cite con Screech Powers, podría ser un gran encuentro. ¿Trabaja los dibujos animados? Una entrevista con Mark Lenders tampoco estaría nada mal. Cuentan que le han visto picándose con Poli Díaz.

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