jueves, 1 de octubre de 2009

Se acabó lo que se daba



Los viernes del 2009 los he pasado al sol, trabajando de lunes a jueves. Se acabó, como todo lo bueno. A partir de octubre el despertador volverá a sonar cinco veces a la semana. Una desgracia, me reconfortaba desayunar los viernes en el Yakarta, sin duchar, con la ropa del día anterior observando como los demás desfilan apesadumbrados camino de sus trabajos. Me hacía sentir rentista, mi profesión favorita. De vuelta a la realidad y los viernes a trabajar, ya me está dando pereza escuchar los planes chachis de mis compis para el finde, senderismo, paint ball, turismo rural o llevar a los niños al zoo. Casi prefiero trabajar. No soy muy partidario de las actividades de ocio. Deprime esa obligación de que para pasárselo bien hay que hacer algo, el qué da igual. La idea es sentirse activo no vaya a ser que pares, te aburras y haya que pensar. A mi lo que más me gusta es no hacer nada, que le voy a hacer. De los viernes también detesto el casual day, ese vestir desenfadado en la oficina. Cambiar el traje, zapatos y corbata por unos chinos, camisa pepera y náuticos. Un poco de por favor, mejor seguir camuflado con el uniforme habitual.

Otro que echará de menos los viernes al sol será mi perro, Charlie Jalisco, se acabó su paseo matutino por el Retiro, deberá conformarse con tener un día más de soledad. Lo aprovechará, sin duda, para perfilarse los labios. Los paseos por el Retiro nunca defraudan, jubilados haciendo siatsu, desviados de cruising, otakus jugando al rol o policías persiguiendo negros. Muy entretenido.


Mañana deciden si Madrid será sede de los Juegos Olímpicos, está claro que no toca, pero como al alcalde le hace ilu derrochar presupuesto en fastos no seré yo quien le saque de su corazonada. Me gustaría que fueran en Madrid por ver a la gente contenta y todo eso. No me gustaría por no soportar más obras de Zanjardón. Por cierto, tiene una perra que se llama Olimpia, Oli para los amigos. La saca en el Parque de París (entre la Audiencia Nacional y el Supremo), el mismo lugar donde llevo a Charlie Jalisco. A partir de las 7 de la tarde el parque se convierte en un microcosmos de lo más varipiopinto con todos los perritos correteando y sus dueños socializando. Entre todos ellos destaca la figura decimonónica del alcalde y sus cejas pantuflescas . Dejando la política de lado, siempre me pareció un vicentín. Ahora que lo veo a menudo se que es un farsantón (Losantos dixit). Hablando sin decir nada con todo el que se acerca. Sino te acercas, él lo hará que para eso es un político. Charlie J, que intenta montar a todo lo que se encuentra como todo perro que se vista por los pies, tiene como su principal objeto de deseo a su perra, Oli, una beagle un poco lerda. Ver al alcalde agacharse escandalizado intentando separar a Charlie J para salvar el virgo y honra de su perra tiene su gracia, la verdad. Casi tanta como decirle con buena intención a Charlie J que deje a esa perrita que no es plan enraizar con la nobleza o una chorrada bienintencionada por el estilo y ver al alcalde enrojecer por su falta de naturalidad. Desde entonces no se me acerca, pensará que soy un peligroso comunista, nada más lejos de la realidad.

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