miércoles, 30 de septiembre de 2009

Quinto K



Al ser del 74 no pude disfrutar del móvil en la adolescencia, y digo disfrutar porque me imagino en medio de aquellas clases tediosas de biología o física hubiese descubierto un maravilloso mundo de ocio teen: esemeses, juegos, fotos, web... Me tuve que conformar con el tutti frutti, ese juego en el que elegías una serie de temas (países, comidas, futbolistas, etc) y sacando una letra al azar debías completar el panel, ganaba el primero en acabar, los que perdían pagaban el bocadillo del recreo. Como el del 1, 2, 3 sin la Calabaza Ruperta. Ni siquiera tenía colegialas cerca, mis papis, en aras de mi formación, decidieron que debía dejar el colegio del pueblín y llevarme a uno privado, ingenuos ellos, pensaban que hacían lo mejor. Así acabé en un colegio del opus en Vigo, era el único que tenía autobús con ruta por mi pueblo. Con el nuevo colegio tuve mi primer contacto con las tendencias y la moda en forma de uniforme escolar además de incorporar un nuevo accesorio a mi vida, las gafas. Lloreras y pataleos no consiguieron doblegar la voluntad de mis padres. A joderse, aguantarse y al cole nuevo con gafas y uniforme. Empezaba 5º de EGB y, como las desgracias no vienen solas, la sorpresa final estaba por llegar. Mi clase era 5º K. había Quinto A y B igual que había primero, segundo, tercero y así hasta octavo de EGB repartidos en A y B. Y, como fenómeno paranormal, había un quinto denominado K. Cuando conocí a mis compañeros descubrí el por qué de aquella K. La generación del 74 tenía una rama defectuosa y decidieron meter a todos los tarados en la misma clase, por eso de no desentonar. Éramos pocos pero representábamos todo el catálogo de rarezas: dos autistas, un gangoso, algún oligofrénico, disléxicos, psicópatas y mucho corto de entendederas, sólo faltaba Ralph, el hijo del Jefe Wiggun. Aún hoy me sigo preguntando si la razón de mi inclusión en aquella clase probeta fue el cumplir los requisitos para ser considerado tarado o bien ser nuevo y de pueblo por lo que te metían allí en plan cuarentena. A los tres días el profesor decidió nombrarme delegado de la clase al no advertir ningún síntoma anómalo en mi comportamiento. Me convertí en el capitán de la pandilla basura, mi misión consistía en vigilar que ninguno se metiera una tiza por la nariz, confundiera el borrador con el papel higiénico y pasar lista antes de cada clase evitando que alguno se extraviara por el WC. Éramos el hazmerreír en todas las competiciones escolares y diana de la maldad del resto de alumnos. Pasado el trauma inicial debo reconocer que es el curso y compañeros del que guardo mejor recuerdo.

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